Abrazado a la tristeza

Le llamaban Ícaro porque le gustaba arriesgarse. Él era un elfo alado al que le enantaba hacer piruetas cerca de las afiladas ramas de los árboles secos, hasta que un mal día se desgarró las alas con una de ellas. Ícaro se desplomó estrepitosamente sobre la hierba y mientras veía caer sus alas hechas trizas lloraba amargamente, nunca más podría volar.
Lo que Ícaro no sabía era que le crecerían nuevas alas, serían distintas y tardaría un tiempo en acostumbrarse a ellas, pero lo importante era que volvería a volar.


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